Hoy escribo con el alma rota. Una niña inocente fue brutalmente asesinada por quienes debieron protegerla, y su cuerpecito tirado nos grita lo que a veces no queremos ver: le estamos fallando a nuestros niños y niñas.
Le fallamos como padres, madres y tutores, cuando confundimos la crianza con maltrato. Le fallamos como vecinos, cuando callamos ante señales de peligro. Le fallamos como escuelas, cuando educamos sin enseñar el valor del respeto y la empatía y no actuamos de manera oportuna. Y le fallamos como Estado, cuando no se garantiza que cada niño, niña y adolescente crezca en un ambiente seguro, protegido y con sus derechos resguardados.
Un país que no protege a su niñez está hipotecando su futuro. Cada acto de violencia contra un niño es una herida colectiva que nos degrada como sociedad.
No basta con indignarnos en redes sociales ni con llorar frente a las noticias. Es momento de exigir con firmeza: que se cumplan las leyes de protección a la niñez, que se refuercen los mecanismos de denuncia, que se acompañe a las familias vulnerables y que la justicia actúe con contundencia.
Porque mientras sigamos fallando, más niños y niñas inocentes seguirán pagando con su vida. Y ya no podemos permitirlo. Massiel Durán
