Hay pérdidas que parecen invisibles y se viven en silencio, no porque no duelan, sino porque socialmente no siempre parecen merecer lágrimas. Este tipo de tristeza suele aparecer cuando la pérdida no involucra a un ser querido cercano, lo que lleva a muchas personas a guardar ese dolor, interiorizarlo y tratar de ocultarlo.
La pena por la ausencia suele reconocerse como legítima cuando se trata de la muerte de un ser querido cercano o de una pérdida evidente. Sin embargo, surgen preguntas inevitables: ¿qué ocurre cuando quien falta es alguien a quien no conocimos personalmente? ¿O cuando lo que se desvanece es una relación sin nombre, una etapa de vida o incluso la conmoción de una tragedia nacional?
La psicóloga también cuestiona una creencia muy arraigada: la idea de que el derecho a sufrir depende del nivel de cercanía. El dolor, insiste, ¨no responde a jerarquías¨; cada experiencia es única, íntima y válida, sin importar cuán “lejana” parezca desde afuera.
Las emociones no siguen normas sociales. La muerte de un artista, por ejemplo, puede remover memorias, etapas significativas y momentos en los que su obra acompañó silenciosamente, porque no se llora únicamente a la figura pública, sino lo que representaba en la historia personal de quien la admiraba.
Al igual que los vicarios, los duelos colectivos nos conectan con la vulnerabilidad, la empatía y el sentido de comunidad. Aunque no nos afecten de forma directa, nos atraviesan emocionalmente porque somos capaces de sentir con otros.
Por eso, invalidar estas experiencias solo profundiza el silencio. El dolor que no se reconoce no sana; se guarda.
¿Cómo empezar a sanar lo que casi nadie ve?
No existe una fórmula única para atravesar estas pérdidas, pero sí hay caminos que pueden hacer el proceso más llevadero. Entre ellos, el primero y quizás el más importante, es nombrar lo que se siente. Poner en palabras la emoción, reconocerla sin juicio.
Profesionales en procesos de duelo, como el tanatólogo estadounidense Kenneth J. Doka, resaltan la importancia de encontrar espacios seguros, ya sea en terapia o en círculos de apoyo, donde estas emociones sean validadas. En la misma línea, la psicóloga dominicana Ileana Montero invita a vivir el duelo sin prisa, entendiendo que cada proceso tiene su propio ritmo y que sanar no significa olvidar, sino aprender a convivir con la ausencia.
También subraya la necesidad de expresar lo que no se dice: sacar hacia afuera emociones que muchas veces se reprimen por vergüenza, miedo o falta de validación externa.
Al final, reconocer estas pérdidas es un acto de honestidad emocional. Permitirse sentir, sin comparaciones ni culpas, abre la puerta a una sanación más genuina ¨porque las ausencias que no se lloran no son las que no duelen, si no, las que aún esperan ser nombradas


